Emilio Garcés Frechín, de Jánovas

Creo que solo Francisca, su mujer y compañera de pelea, sabe de verdad lo que luchó por Jánovas este hombre que ahora ha muerto. Cuando fui a su casa por primera vez, pidiéndoles que me contaran su historia, ella me dijo:

-Hija mía, eso es imposible de contar. Solo lo puede saber el que lo vive.

Tiempo después, cuando ya me había adentrado en los pormenores de aquel drama casi increíble, había hablado con las familias expulsadas del pueblo, había buceado en los archivos… cada vez que me encontraba con nuevos papeles firmados por “Emilio Garcés Frechín, de Jánovas”, reclamando esto, poniendo en conocimiento de las autoridades esto otro, elevando sus protestas una y otra vez al Ayuntamiento de Fiscal por las constantes agresiones que sufrían, o declarando en los juzgados, me acordaba de las palabras de Francisca. Qué razón tenía: yo solo me estaba acercando a aquellas vivencias años después y desde lejos, pero podía darme cuenta de lo que significaban. Tantos años sin darse por vencido, sin agachar nunca la cabeza, respondiendo a todo, atento a todos los frentes. Día tras día, durante tantísimo tiempo, plantando cara a quienes, seguro, no habían contado en sus proyectos, balances, previsiones y cálculos de todo color, con encontrarse un hueso tan duro de roer.

Emilio se enfrentó al hostigamiento constante de los empleados de Iberduero, a los hombres de corbata y a los de tricornio, a los papeles con sello y membrete, y también a la incomprensión de muchos vecinos, que lo consideraron un loco. “¡Marcha, que te sacarán! ¡Marcha, que esto no tiene remedio! ¡Marcha, que no vas a poder con ellos! ¡Marcha de una vez, que por tu culpa no se hace el pantano ni se hace nada!”. Y él les respondía, socarrón: “Tranquilos, que no beberé tanta agua. Si hacen el pantano, ya me iré”.

Desde que, en enero de 1984, Emilio y Francisca salieron por fin de Jánovas y se instalaron en Campodarbe, la lucha ya no fue tan intensa, aunque desde luego no cesó. Emilio y Francisca mascullaban su rabia: “¿No tenían tanta prisa para echarnos de Jánovas? Pues ahora ya tienen el pueblo vacío: ¿dónde están las obras, dónde están las máquinas, dónde está el maldito pantano?”.

En ningún lado. Ni entonces, ni ahora, ni nunca. Para cuando echaron a los Garcés, los gerifaltes que habían proyectado la presa ya no tenían nada claro que fueran a llegar a hacerla alguna vez: buf, aquello dependía de muchas cosas. Pero de todos modos, los echaron. ¿Qué más daban aquellos dos viejos? ¿A quién importaban?

A ellos no, desde luego; igual que todos los demás que no fueran de su clase, la de los privilegiados, la de los poderosos y ricos. Pero sí que nos importan, y nos importarán por siempre, a todos los aragoneses de bien. Incluso diría que a todo aquel que tenga un mínimo de honra, orgullo y dignidad, sea de donde sea.

Cuando lo conocí, aunque ya era bastante mayor, Emilio aún conservaba su brío y se le encendía la mirada cuando hablaba de Jánovas, con aquel tono de voz suyo tan poderoso. En el 2004, cuando se presentó el libro en Boltaña, ya sin embargo se le habían achicado los ojos y empezaba a ser evidente que el peso de la vida se le estaba apoderando. La última vez que lo vi, hace pocos años para la fiesta de San Miguel, todavía hablaba de volver a Jánovas.

Dicen sus hijos que él, en su cabeza, había vuelto a Jánovas hace ya unos años. Salió de la realidad de su decrepitud, esa que nos vuelve niños cuando nos vamos acercando al final, y se instaló felizmente en el lugar que amaba. Recreó aquel entorno lleno de vida, aunque solo para sí, como un acto último de justicia poética.

La otra, la Justicia con mayúsculas, aún la estamos esperando.

Éramos conscientes de que, al ritmo que llevan las cosas, Emilio no volvería nunca físicamente a Jánovas. Pero hoy se me come la rabia de pensarlo: si hubiera habido justicia de la de verdad, él habría cerrado los ojos en el pueblo por el que luchó toda su vida, y habría descansado para siempre en el pequeño cementerio cobijado a la sombra de la iglesia, esa iglesita preciosa que durante un tiempo llegó a ejercer de pajar y de corral para ganado por obra y gracia de Iberduero, hoy Iberdrola, y de la Comisaría de Aguas de la CHE. Cada vez resulta más difícil reparar el daño cometido, cada vez resultan más insultantes las indignas exigencias de Endesa, la actual hidroeléctrica titular, empeñada todavía en hacer negocio sobre aquella barbaridad, cada vez resultan más bochornosos los paños calientes y las componendas.

Descansa en paz, Emilio, todo lo en paz que puedas. Tu espíritu combativo y luchador sigue vivo en tus hijos, que son magníficas astillas de tal palo. No esperan la justicia con los brazos cruzados, y no están solos: tienen a Francisca y tienen buenos compañeros de pelea, pues no habrás olvidado que ahí están los Buisán y otras familias que no conozco tanto, pero que arriman y arrimarán el hombro para no reblar, no reblar, no reblar nunca hasta que Jánovas vuelva a vivir.

Ese día, que “habrá que empujarlo para que pueda ser”, brindaremos por ti y por tu memoria todos quienes te quisimos y admiramos, que somos muchos. Brindaremos, sí, muy alto, y cantaremos muy fuerte, agradeciendo más que nunca tu lucha y tu tesón, porque fue la que abrió el camino, la que hizo posible lo demás. La que nunca olvidaremos.

¡Por Emilio Garcés Frechín, de Jánovas!

Por Marisancho,

de su blog http://inde.zaragozame.com/2011/09/14/emilio-garces-frechin-de-janovas/Link

Artículos de opinión | Viernes, 16 Septiembre 2011 | Coagret
COAGRET :: COordinadora de Afectados por GRandes Embalses y Trasvases Por una Nueva Cultura del Agua, No más pueblos bajo las aguas. RÍOS SIN PRESAS ¡PUEBLOS VIVOS!